Nicolás Maduro y Cilia Flores entraron a la sala judicial sin anuncios ni protocolo.
Rodeados por abogados y custodios del Tribunal del Distrito Sur de Nueva York, la pareja que dominó el poder presidencial de Venezuela durante más de una década sólo se distinguía por el uniforme caqui que visten los detenidos.
Flores caminó en dirección a sus abogados y los saludó en español con besos en la mejilla, antes de sentarse de espaldas a los oyentes que permanecían en la galería tras esperar 45 minutos para que iniciara la audiencia, prevista para las 11:00 de la mañana.
Maduro lucía más delgado. Abordó a sus representantes legales con apretones de manos y saludos también en español, mientras repasaba con la mirada a los oyentes que estaban sentados detrás de la barrera que separa al público del personal judicial.
A diferencia de la primera audiencia, cuando dijo que era el presidente de Venezuela y se consideraba a sí mismo un prisionero de guerra y un hombre de Dios, esta vez se mantuvo en silencio.
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